Siempre que te pregunto...
Cuando el cáncer se apoderó de mi papá fue devastador. Su diagnóstico fue cerca de su cumpleaños, el 18 de junio, y para el 28 de noviembre ya no estaba entre nosotros.
A partir de su diagnóstico, su fortaleza y salud se fue deteriorando rápidamente. Pasó de caminar sin problema y de ser independiente, a ir perdiendo movilidad y requerir apoyo para las cosas más básicas como ir al baño o acomodarse en la cama.
Él desde que lo internaron para su diagnóstico, decidió irse despidiendo de sus seres queridos. Me pidió llamar a sus sobrinos y amigos. Así fue como les llamó a "las Guiberra" como él las llamaba y a los "Guerrero", para decirles que partiría de este plano. También les llamó a sus amigos y decidió que no quería que nadie lo visitara más. Quería que lo recordaran sano, que no lo vieran enfermo ni débil.
Al regresar a casa, yo fui la encargada de llevarlo a sus consultas. Íbamos con el oncólogo y a cuidados paliativos. Ya no había mucho que hacer, el cáncer se detectó muy tardíamente y tenía ya metástasis, pero había que ir a su seguimiento y a recibir medicamentos para el dolor. Eran momentos donde platicábamos fuera de casa, solos y que aprovechaba para compartir sus inquietudes. Me contó que antes de internarse intentó encargarle unas cosas a mi hermano pero que terminó tan emotiva la plática que mejor me lo iba a asignar a mí. Ya tenía años que me había puesto notas en papeles importantes, como pólizas de seguros (siempre me decía que yo era la de "cabeza fría"). Pero cuando ya ves a la muerte rondándote es distinto, las emociones se agolpan y las dudas te carcomen. Esas largas pláticas podemos resumirlas en que yo me encargara de todos los trámites, que debía estar tranquila, que no dejara sola a mi mamá y que siempre estuviera al pendiente de mi hermano.
Ya en casa, cuando me tocaba cuidarlo, también tuvimos grandes conversaciones. Compartía conmigo sus temores ¿Y si no hay nada después? ¿Y si no hay un cielo o un infierno que me reciba? ¿Qué sigue después de esta vida? Así que a veces nuestras pláticas se turnaban filosóficas y llenas de cuestionamientos que ninguno podía responder pero que de alguna forma llenaban esas horas en las que yo solo deseaba que los dolores no regresaran tan fuertes que me hicieran desear que mejor estuviera dormido todo el tiempo.
Sabía que había poco tiempo, íbamos contra reloj. Cada vez que llegaba, yo tomaba fuerzas porque no quería que me viera ni triste, ni preocupada. Respiraba fuerte antes de entrar, me sacudía como si fuera un perro mojado y entraba a su casa con una sonrisa. Llegaba a donde estaba y él me daba un beso y yo lo besaba en la frente. Cada día yo le decía que el tipo de cambio iba a la alza y así empezamos un juego entre nosotros de ir aumentando los besos que yo le daba por cada uno que me colocaba él en mi mejilla. Primero 2, luego 3, luego 4, hubo un día que lo vi tan débil que le subí de pronto a 8 y le decía "vas a la alza Papito Chulo". Claro que iba a la alza si cada día se acercaba más el momento de irse. Él hasta el último día que me tocó cuidarlo que fue el domingo antes de ese lunes fatídico, los contaba, cada vez con más debilidad, pero sonreía, cada vez con mayor dificultad. A veces jugaba a sorprenderse de los muchos besos que recibía por el único beso que podía con mucho trabajo darme a mí.
Él me inculcó el gusto por los boleros. Solíamos sentarnos al piano, él tocaba y yo cantaba. Siempre decíamos que íbamos a practicar más pero no lo hicimos. Una de las canciones que siempre tocaba era "Quizás, quizás, quizás". Un día mientras yo lo arropaba, ya en esos últimos días, se la comencé a cantar "siempre que te pregunto, que cuando, como y donde, tu siempre me respondes quizás, quizás, quizás … ", él comenzó a llorar y yo con mi firmeza de no dejarme llevar por la tristeza, le sonreí y le dije "¿tan feo canto que te hago llorar?", el sólo me dijo "no, lloro porque me haces sentirme feliz".
Debo decirles que después de que partió mi papá me ha costado mucho trabajo cantar, más las canciones que mi papá tocaba en el piano. Poco a poco lo he ido sanando. Tiene ya un par de años que comencé a frecuentar a un grupo de amigos que su mayor gusto es cantar y eso me ha ido ayudando. Ya no me duele aunque todavía me cuesta trabajo pedir aquellas canciones que tienen un gran significado por el recuerdo de mi papá, pero ya canto (o berreo) con gusto.
Hoy amanecí cantando y me animé a cantar "Quizás, quizás, quizás". Todavía me duele. No pude hacerlo sin ponerme a llorar como muchas veces reprimí hacerlo junto a él. Escribo esto todavía con sollozos pero esperando que llegue el día que triunfen los recuerdos lindos y pueda terminar la canción con una sonrisa en los labios. Hoy no fue ese día. Papito Chulo te extraño.

Comentarios
Publicar un comentario